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miércoles, 4 de abril de 2012
El fin de la colección
Por parte de diversos autores procedentes de diferentes disciplinas y tendencias existe un cierto común acuerdo en aseverar que estamos asistiendo al fin de la era de la colección, noción en la que se ha basado el desarrollo de la biblioteca desde su aparición como tal. Algunos de ellos sostienen que la infoesfera, mediante la Web 2.0 y la Web 3.0, se convertirá en algo así como un espacio auto-regulado, en el que los ítems de información aparecerán y desaparecerán, se agruparán o se desagruparán, dependiendo de los usos que hagan de los mismos los usuarios. Sería el caso, por ejemplo, de Floridi. Algunos otros creen que un cierto grado de regulación humana todavía será necesario, particularmente aquellos para quienes la información no es sólo un bien cultural, sino que comporta valor legal (Iacovino, Brown). Y aun otros aseguran, como Miller, que herramientas automatizadas, del estilo de Recorded Future o Google Instant, ya están, por decirlo de alguna manera, “coleccionando” información que aún no existe pero que será necesaria en el futuro. Sea como fuere, y en conjunción con el auge esperado de las tecnologías de convergencia universal, sí parece oportuno reconsiderar nuestra noción de colección para comprobar si aún funciona y, de no ser así, para hipotetizar acerca de qué refinamientos precisa, en el ámbito de la biblioteca.
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Web 2.0,
Web 3.0
Maneras de contar
La lectura pública tiene una historia reciente, y en ella siempre se ha promovido la educación, pero, quizá por limitaciones técnicas o intelectuales de cada momento, en un solo sentido: desde la biblioteca hacia su usuario. Sólo en los últimos años se ha puesto en cuestión, entre las ciencias de la información, esta unidireccionalidad de la biblioteca y otras instituciones del conocimiento, proponiendo alternativas, motivadas en parte por la crisis de la lectura y por la crisis económica en general, que pasan, bien es cierto, por los métodos de democratización de la llamada Web 2.0, pero no solo por ahí, sino, por ejemplo, por el redescubrimiento de lo local como foco de interés y, desde ese punto de vista, por la discusión de la historia oficial y la construcción conjunta de historias locales que no son nunca ciertas, pero que enriquecen los significados de las cosas.
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bibliotecas,
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lectura pública
martes, 5 de abril de 2011
Buenas prácticas en digitalización de documentos
Se ha convertido en una práctica frecuente por parte de los grandes depósitos culturales –bibliotecas, archivos, museos- el digitalizar de manera masiva sus colecciones, o parte de las mismas, y ponerlas a disposición de sus usuarios a través de Internet. Menos frecuente, sin embargo, es el hecho de que estas instituciones documenten, más allá de probables protocolos internos, el modo en que llevan a cabo este proceso de digitalización que, siquiera por sus costes, es cualquier cosa menos trivial: flujos de tareas, control de calidad, selección de piezas a digitalizar, metadatos que se le deben asignar y modo de asignarlos, etc., son todas ellas cuestiones que deben quedar minuciosamente resueltas por escrito antes de lanzarse a la carrera de la digitalización, pero no siempre se hace así. En este sentido, es loable la iniciativa de la Biblioteca Nacional de España de publicar la versión 3.0 de febrero de 2011, en el que describe el protocolo a seguir para digitalizar los fondos que componen la Biblioteca Digital Hispánica. Por supuesto, todo documento de este tipo está sujeto a opinión, pero tanto su misma divulgación como el hecho de que en algo más de treinta páginas deje delineados todos los puntos clave del proceso de digitalización son circunstancias que hablan muy a favor de la Biblioteca.
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